Como el ruido de un vaso al estrellarse contra el suelo
Ahí estaba ella, apoyada en la barra esperando a que llegara su café.
Con la mirada clavada en el suelo de la barra como si le desvelara el mayor de los secretos.
¿En qué estaría pensando?
Tan hermosa, tan bella, con ese mechón que me gritara que lo devolviera a su lugar.
¿Las chicas hermosas piensan en lo hermosas que son?
Yo realmente pensaba que ella no se daba cuenta, no veía que de todas las cualidades que daban belleza a una mujer ella tenía la más importante de todas: la independencia.
Se le notaba a kilómetros que era libre, que nada de lo que pudieras proponerle iba a atarla.
Que ni aunque le pintaras el mejor de los castillos en el aire, ni aunque le regalaras la luna te daría más que un pedacito de ella.
Y que daría yo por ese pedacito....
Esa ilusión que tenía al hablar, hasta cuando te contaba el más tonto de sus locos planes le brillaban los ojos.
Por no hablar de cuanto te contaba sus planes de futuro.
A veces incluso juraría que con la luz adecuada era capaz de verle las alas salirle por la espalda.
Y yo como un mísero mortal debía contentarme con esos ratos que me regalaba, nunca suficientes para saciar mis ganas de tocar el cielo.
Contentarme con verla tomar café, incluso con que algunos los compartiera conmigo, con que me mirara con esos profundos ojos marrones que me hacían querer perderme y no volver jamás.
Porque en eso consistía la belleza de las personas independientes, en que pudiendo hacer algo por ellas mismas decidan compartirlo contigo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario