Era la letra pequeña que nadie quería leer.
De todas las hormonas, sustancias, reacciones y demás cosas químicas que ocurren en tu cuerpo, siempre hay uno del que no te hablan.
La letra pequeña de los sentimientos,
el "he leído y acepto las condiciones" que te plantea la vida y que tú, cual idiota marcas sin prestarle ni un segundo de tú tiempo.
Dime, ¿te engancharías a algo si supieras sus efectos secundarios?
¿Seguirías adelante si alguien te dijera que cuando tus niveles de éxtasis momentáneo se queden atrás, no podrás vivir con tu dosis diaria de felicidad, esa con la que sobrevives ya algunos años?
Puedes estudiarte las reacciones químicas, saber el puto nombre de la hormona en latín y hasta en arameo, que eso no te hará ser más razonable,
no hará que te escueza menos la piel.
No evitará que el efecto rebote te alcance,
no te protegerá del déficit de después.
Y podrán contarte mil historias,
algunas bonitas, algunas de libro adolescente y hasta de las malas.
Que eso no te acompañará cuando recorras tus pasillos con las canciones viejas sonando en los cascos.
Y te verás, en el carrusel de siempre, como una idiota dando vueltas montada en un caballo que no va a ninguna parte.
Será entonces cuando comprendas que saber más no te hace sentir menos.
Y que siempre hay que leer la letra pequeña cuando haces un trato con el corazón.

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