Aquí estoy, con la música al máximo, en un hotel que huele a sitio caro, rodeado de niños repeinados, niñas con vestidos y hombres de traje.
No me reconozco, ya no llevo mis collares, ni mi reloj, y en mis pies en lugar de converses hay tacones que hacen ruido al andar. Mi pelo despeinado parece que hoy ha decidido hacer feliz a mi madre y cada rizo está exactamente en su lugar, como si alguien los hubiera puesto exactamente en ese sitio y en el reflejo del espejo veo un vestido azul que a más de una tía legítima ha gustado; pero no me siento guapa, ni especial, me siento ajena a mi. Rodeada de niños que corren de un lado a otro no hago más que darle vueltas a todo, a las relaciones de la gente que me rodea; amigas con novios que son mejores que los de las películas, amigos desdichados que lloran cada noche y ahí estoy yo, como siempre impasible. Lo bueno de no estar nunca bien del todo es que tampoco estás nunca mal. No soy de llorar por nadie, nunca lo hice y no voy a empezar a hacerlo ahora, pero tampoco fui de las que se ilusionan, de las que mandan toques a toda horas y miran nerviosas la pantalla del teléfono.
Nunca di un duro por nadie, nunca creí que el amor fuera para mi.
Pero en el fondo todos lo buscamos. Algunos lo buscan abiertamente, entran a las chicas en las discotecas esperando encontrar así el amor de su vida o alguien con quien pasar un buen rato. Otros, como yo, van de duros, hacen que todo les resbala, que no les duele ver a las parejas de la mano por el centro, hacen como que no quieren sentir esas mariposas ni tener a nadie que te despierte con un ''buenos días princesa''
No os mintaís, todos lo buscamos, decimos que tenemos amigos, gente que nos saca sonrisas pero en el fondo queremos alguien que sea dueño de nuestras sonrisas y que nos brillen los ojos de felicidad; porque en el fondo eso es felicidad; ya lo decía Aristóteles, el hombre necesita de los demás, esta condenado a necesitar de la sociedad y nosotros, los que vamos de duros con nuestra máscara no somos menos.
Yo también lo busco, me miento, os miento, y nadie se lo cree ya, ni siquiera yo. Salgo a la calle, y sin darme cuenta cruzo mi mirada con la gente, buscando esa persona que haga que algo, por minúsculo que sea salte en mi interior.
Nos empeñamos en buscar la felicidad, en tener una meta, un objetivo que seguir pero debemos admitir que esa felicidad también depende de los demás. Los amigos, la familia, los méritos, el conseguir lo que te propones te dan felicidad, pero esa sonrisa de tonta, esas ganas de vivir, solo te las da otra persona.
Porque el amor.

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