lunes, 14 de mayo de 2012

Estoy enganchada a la vida, con todas sus consecuencias.

De pequeña coleccionaba cromos, ahora colecciono sonrisas...


Tengo una obsesión con los recuerdos, los guardo como un tesoro y algunas tardes los saco a relucir, me paseo por mis primeros años de primaria, por las primeras vivencias en el instituto, vuelvo a los sitios donde tuvieron lugar viejos campamentos y escucho canciones pasadas.
Hace tiempo que sueño con tener una cajita donde meter todas esas sonrisas que me ha regalado la gente, todos esos buenos momentos con los demás. Esas tardes de verano paseando por la orilla, esas noches de campamento cantando, incluso algunas tardes duras de estudio con una agradable sorpresa al final. Guardar besos, frases cómplices, canciones dedicadas y fotos escondidas por lo mal que salgo, para cuando tenga una tarde de morriña sacarlos todos a relucir.
Siempre he dicho que no soy una chica de grandes caprichos ni felicidad compleja; soy de las que se conforman con los pequeños placeres, aunque esté pasando una mala época.
No soy celosa, soy de las que opinan que las personas no son de nadie, no necesito a la gente entera para mi, con un pedacito me sobra. Tampoco tengo sueños muy complicado o complejos, es solo que me falta motivación y soy demasiado vaga para hacerlos realidad, por eso me paso el día peleándome conmigo misma.
Suelo ser borde, aunque en realidad es todo fachada, supongo que es un vicio que tengo, como el de regalar mi cariño a la gente sin preguntar si lo quieren o no...
Y así llego a los recuerdos que quizás guarde con más cuidado: aquellos que empezaron siendo recuerdos dolorosos y terminaron provocándote sonrisas.
Me he dado cuenta de que los colecciono, colecciono momentos, casi siempre acompañados de canciones, colecciono sonrisas, palabras y  esas pequeñas cosas que nos empujan cuando sentimos que no podemos seguir.
Soy adicta a los pequeños placeres.



                Soy adicta a caerme y volverme a levantar. 






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