miércoles, 2 de mayo de 2012

Y cantar a pleno pulmón.

Tú feliz, yo sin rumbo, tú de brazo en brazo y yo me derrumbo...


. Últimamente necesito más a la música de lo que puedo necesitar cualquier otra cosa. No soporto los silencios incómodos, ni siquiera cuando estoy sola en mi habitación; necesito llenar mi cabeza de notas, de historias contadas con buen ritmo y si es música alta mejor.
Yo, que siempre dije que ''la música esa de gritos'' no era para mi, que no escucharía a los tíos esos que cantan cosas raras y ahora no soporto ni el silencio entre dos canciones.
Me he enganchado a la música, a canciones que hablan de mi, de ti, de ellos, de todos y de nadie.
Historias bonitas, esperanzadoras pero sobre todo canciones no tan alegres.
No sé cantar, lo hago fatal, pero en la soledad de mi habitación, cuando sé que los vecinos no me escuchan canto por bajo, repito esas frases que escribo por los cuadernos, esas líneas que rebotan en mi cabeza y resuenan en las horas de clase.
Canciones que me recuerdan a personas, a momentos del pasado, a viajes olvidados y a cosas no tan lejanas.
Canciones de promesas sin cumplir, de noches a solas y de campamentos con una guitarra.
Y ponerme los cascos, subir el volumen al máximo e ignorar todo lo demás me parece una buena opción.


Y dejar que las palabras me lleven a un lugar donde nadie pueda estropearlo.


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