domingo, 18 de septiembre de 2016

Si algo he aprendido este verano de ella.

Nos juzga la eternidad.

Me encantaba su vitalidad.
y no entendía cómo los demás no podían verla.

Sus ganas de comerse el mundo,
ese que a veces se le quedaba pequeño.

La capacidad que tenía para dormir 3 horas
y madrugar solo porque la vida se le queda corta si no lo hace.

Esa sonrisa que pone cuando te mira y no sabe qué decirte.

Las carreras que se pega cuando no llega al bus, no llega a clase o no llega a tu próxima caricia.

De su explosión de alegría
aunque a mi lo que más me gusta es el brillo de sus ojos.

Cuando te habla de su futuro, de su pasado o del sueño real de dejar el mundo en mejores condiciones de como lo encontró.

Y es que ella es movimiento,
es caos y noches de ponerse de morros sin motivo aparente.

Es un cartel de neón encendido a todas horas,
que a veces solo te pide un abrazo y otras te grita que saltes sin mirar.

Y la podrás ver en fotos, te podrán hablar de ella, podrás cruzarte con su reflejo en la biblioteca.

Pero realmente nunca la verás, porque es lo que pasa con la gente que brilla,
que la miras y no la ves.

Que pasa tan rápido, corriendo, saltando, hablando,
que cuando giras la cabeza ya ha doblado la esquina.


Hasta que la encuentres en cualquier bar
pegando saltos de alegría.




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