De la noche del 14.
Todo el mundo dice que cuando viajas es cuando realmente vives y aprovechas tus días.
Y es cuando vuelves de un viaje o incluso cuando comienzas otro cuando, sentada en el autobús, escribiendo en la parte de atrás de mi billete realmente entiendo a lo que se referían.
Son todos esas experiencias, esos momentos y esas vistas tan distintas de las que puedes tener desde tu ventana las que suman, las que hacen que los días cuenten.
Son esos días de dormir en el suelo, en un asiento de autobús o en una estación de tren los que te llenan de historias que contar.
Yo he tenido la suerte de, con mi pañoleta al cuello, poder visitar lugares y disfrutar de amaneceres para los que me faltarían palabras si alguna vez pretendo describirlos.
Ha sido con tiempo y perspectiva cuando he entendido que viajar es lo mejor que puedes hacer.
Irte una semana, un mes o toda una vida.
Coger la mochila, la maleta o dejarlo todo y marcharte.
Solo o acompañado.
A rodearte de gente o a aislarte.
Pero vete.
Sal y vive.
Porque solo conociendo lo que hay fuera de tu zona de confort podrás conocer todo lo que la vida tiene preparado para ti.
Porque vivir es precisamente ese sentimiento de incertidumbre, de miedo cuando cierras la puerta de tu casa y tomas rumbo a quién sabe dónde.
Porque vivir es que tu casa no sea solo un lugar sino todas las personas y experiencias que te acompañan cuando vuelves a ella.

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