Y por eso todo está bien.
Hay momentos en la vida que ocurren cosas que no esperas.
Esas veces que sin saber cómo cambias de planes.
Y acabas en aquella isla que te prometiste no volver a pisar,
y te bañas de nuevo en aquel mar de ojalás.
Nunca sabes cuándo volverá a ocurrir,
ni siquiera si lo volverás a sentir.
Pero cuando pasa,
no lo olvidas.
Y ya pueden ser palabras escritas en un papel,
miradas entre el humo o sonrisas a distancia.
Y ya pueden ser en un sentido,
o que te cambien de dirección.
Solo sabes que te va a trastocar.
que va a hacer ponerlo todo patas arriba.
Y yo no sé si fue su forma de caminar
o como se aparta el pelo para las fotos,
solo sé que a mi me ha vuelto loco.
Que tenía fecha de caducidad
y billete de vuelta.
Y aún con esas me tuvo en vilo hasta los créditos de la película.
Hasta que encendieron las luces de la sala.
Y aún ahora la busco,
entre la gente, entre los libros, entre las palabras,
entre el humo y la risa.
A veces me asomo a ver si está detrás de los barrotes.
Pero ella era libre,
tenía unas alas demasiado grandes para lo pequeñas que eran mis ganas.
Y hay días que pienso en cómo hubiera sido todo si yo hubiera tenido los cojones, y ella los labios menos rojos.
Y me intento imaginar en aquella estación, diciéndole que no subiera,
que no me abandonara, que yo podía demostrarle que esto merecía más la pena que la vida que le esperaba a la vuelta.
Yo, que hubiera curado sus cicatrices con caricias
y borrado sus preocupaciones con canciones de esas que luego no te sacas de la cabeza.
Como ella que está en replay en mi lista de reproducción,
que aparece en cada esquina, se voltea, me sonríe con esa risa atronadora.
Y me dice que no me inquiete, que la vida tenía otros planes,
que puede que me los vuelva a cambiar en el último segundo.
Pero desde que se fue hace frío y no porque el tiempo esté loco,
sino porque creo que es ella la que se ha llevado mi cordura

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