¿Por qué no queremos ser mediocres?
Esta pregunta la ha lanzado hoy una compañera de clase y me ha impactado tanto que llevo desde entonces dándole vueltas, como una pelota saltarina que está rebotando en mi cabeza, formando estas palabras que tenía que sacar de alguna forma.
Es una pregunta tan aplastante que hasta corta el aire,
porque es absolutamente cierta, porque todos deberíamos planteárnosla.
Y es que al mundo le hace falta menos tele y más pensar.
Pero, yo me vuelvo a preguntar, ¿por qué no queremos ser mediocres?
Por qué desde pequeños nos enseñan a estar por encima, a esforzarnos por no quedarnos atrás.
Esa necesidad de pertenencia al grupo pero brillando más que nadie.
Como cuando eramos adolescentes y teníamos la imperiosa necesidad de mostrar que éramos únicos, que no éramos del montón. Que no eramos uno más.
Exactamente como todos los demás.
Yo creo que es miedo y falta de valor.
Hace falta valor para admitir que te quieres quedar donde estas, que no buscas destacar, que te conformas.
Porque eso también nos dicen que está mal.
Que ser un conformista es ser una persona insulsa, que no lucha por sus sueños, que se deja pisar o mandar.
Bueno, tan necesaria es la persona que mueve a los demás como la masa que se mueve con ella.
No defiendo que te conformes con tu vida si no te gusta, te digo que si te gusta lo dejes estar.
Aunque tu vida se base en ser mediocre, en ser de los que estudian, se casan, tienen un trabajo y se mueren de viejos.
Si es lo que te gusta, ¡adelante!
No tienes que luchar por un 14 en selectividad si te sirve un 8, no tienes que aspirar a ser millonario si eres de los que llevan las mismas zapatillas gastadas y hechas mierda 4 años seguidos.
Ser mediocre no es malo, que te obliguen a destacar si.
Porque si algo he aprendido en clase de lengua (ojo, aprender a pensar es realmente difícil, mucho más que cualquier contenido que te enseñen en la carrera), he aprendido a preguntarme, a cuestionarme.
He aprendido a escucharme a mi misma por encima de lo que gritan los demás.
Porque no hay nadie más sabio que tú.
Haz lo que te apetezca, lo que realmente quieras. No porque te lo impongan, porque es lo que deberías hacer con esa edad, lo que esperan tus padres que hagas o lo que deberías hacer.
Que las necesidades no existen, son creadas por la sociedad.
Y cuando te das cuenta de eso notas como si alguien hubiera soplado en tu fantástico castillo naipes y ahora tuvieras todo el suelo lleno de cartas.
Tanto que ya no sabes ni de que palo ibas.
Párate a analizar la frase.
Las necesidades no existen.
Guau, ¿cómo te quedas?
Es fuerte eh...mira a tu alrededor, ¿todo lo que tienes es realmente necesario? ¿de verdad esos pantalones ya no te gustan o es que llevas 6 meses aguantando anuncios de que es momento de renovarte el armario?
¿En serio te apetece leer ese libro o es que lo has visto en todos los escaparates de las tiendas por las que has pasado?
Por no hablar de la segunda parte
Las necesidades las crea la sociedad
Si la de antes te daba que pensar esta te produce dolores de cabeza.
¿Y qué hago yo ahora si en lo que me apoyaba resulta que es tan poco real que me deja desnudo y solo para decidir?
PARA DECIDIR
Seamos sinceros, que nos toque decidir es una putada.
Tener que plantearnos cosas, pensar, hacernos dueños de las consecuencias. Desechar opciones.
Es una gran putada.
Con lo bien que se estaba antes, cuando no tenias que elegir, cuanto no era o ciencias o letras, o una carrera o la otra, o salir o quedarte estudiando.
Que bonito todo cuando no tenias necesidades, cuando eras realmente tú.
¿Te acuerdas de esa época?
Quizá deberías volver a ella y si eso te vuelve mediocre, si ser tú y hacer lo que quieras es ser mediocre. Bueno, quizá seas una persona mediocre.
¿Cuál es el problema?
viernes, 24 de abril de 2015
jueves, 2 de abril de 2015
Con la melancolía como compañera de viaje
Soy consciente de que continuamente hablo del pasado pero sencillamente no me siento con el poder de hablar del futuro.
Y si esta tarde estoy aquí es porque me ha vuelto a pasar.
Esa fuerza que te hace escribir, que te obliga a decir lo que sientes y que cuesta tanto callar como un grito en mitad de una noche de pesadillas.
Aunque por suerte hace mucho tiempo que en mi vida no hay pesadillas.
De hecho mi vida ya no es como la de la última entrada, ni como la de ayer
de eso vengo a hablar.
Aún a riesgo de ser odiada e incomprendida por la gente mayor que yo es cierto que no llevo bien lo de cumplir 20 años, incluso aunque la gente se lo tome a broma he sufrido la crisis de los veinte.
Durante las semanas, incluso meses antes de mi cumpleaños me pasaba horas enteras pensando en todo lo que había hecho, lo que no había hecho y ya no podía hacer (entendedme, no es que me vaya a morir por cumplir los veinte, pero hay cosas que no se viven igual con una edad con otra y nadie me lo puede negar) y también he pensado mucho en todas las cosas que hice y que ya no podré repetir.
Y me asfixia el pasado.
Y eso que puedo decir muy muy orgullosa que me siento en absoluta paz con él, con todas las personas que han pasado y sobre todo, y tras mucho, mucho luchar, me siento en paz con mi yo del pasado, mi yo en todos los planos que hay (incluso aunque aún queden batallas pendientes que a veces salen a relucir)
Pero no he superado los veinte.
Tener veinte es genial, incluso aunque aparentemente tu vida no haya cambiado. No sé si será que yo los utilicé como frontera para tomarme la vida de otra forma o que una magia desconocida hizo que con mi dos en las decenas me cambiara la forma de verlo todo.
Pero sigo sin superar el pasado.
Sigo constantemente con ganas de frenar el mundo, ese que va tan rápido ¡Por Dios si me queda un mes de clase y fue ayer cuando estaba nerviosa por empezar Bachiller!
¿En qué momento pasaron estos últimos tres años?
Y miro atrás con pena porque de verdad siento pena por este mundo, y puede que suene egoísta pero de realmente me da tristeza pensar que los niños de ahora no vivirán lo mismo que nosotros, de ver que no salen a la calle, que con 9 años (ojo, que esto lo he visto yo) ya tienen móviles y usan redes sociales donde suben fotos que aparentan más años que yo (por suerte o por desgracia hay quien me sigue echando 16 o 17 años)
Y me matan los nuevos cambios, las nuevas tecnologías, el afán de más y más. La corrupción, los desastres, el hambre, las injusticias y este mundo que parece que se cae a pedazos.
Y repito que ahora soy más feliz que nunca, eso sí, en un mundo que pienso que está en decadencia.
Porque se han perdido los valores, la educación, el respeto por los demás y por lo que te rodea.
Por la falta de diversión en los niños, por la competitividad latente antes de que sepas pronunciar la primera palabra.
Por los amores en red, porque ya no hay gestos espontáneos.
Porque el mundo se marchita y me parece increíble que la gente no lo vea. Aunque claro, qué vas a ver si solo miras la pantalla del móvil.
Que los paisajes siguen siendo hermosos, que sigue habiendo gente buena y que internet te permite ver unos videos de gatitos preciosos con los que se te puede caer la baba durante horas.
Pero eso no me vale.
Y no puedo cambiarlo, porque no puedo ir contracorriente, aunque seguiré haciéndolo.
Puedo decir que estoy en contra de las consolas y que mis hijos no tocarán ninguna hasta una edad decente, pero sé que eso los aislaría de la sociedad.
Puedo negarme a las redes sociales, puedo quitarme WhatsApp y lanzar mi móvil a la basura, pero entonces estaré incomunicada del nuevo mundo.
Puedo buscarme un novio al que no querer por iconos pero lo más probable es que me deje por pasar de él y no contestar sus mensajes de buenos días con mil caritas y corazoncitos de colores.
Puedo no ver las noticias pero el horror seguirá ahí.
Mirar hacia otro lado tampoco cambiará las cosas.
Y no he superado el hecho de que el pasado no volverá, de que nadie vivirá lo mismo que yo.
De que yo tampoco volveré a vivirlo.
Y me desgarra, tanto que miro incrédula a mi alrededor preguntándome si soy la única que lleva a la melancolía de compañera de viaje.
Porque no se puede leer un libro dos veces y esperar que sea como la primera vez.
Y estoy cansada de que la gente te diga, ¡encima con una sonrisilla! que los años que vienen pasarán más rápidos, que disfrute la universidad que son los mejores años, que esto es lo mejor.
Incluso aunque me encuentre con los defensores de que los treinta es la mejor época, de que toda tu vida merece la pena blablabla
El nudo en el estómago cada vez que recuerdo algo de mi pasado me recuerda que la vida es esto, que es natural, que tengo que asumir, digerir y seguir escribiendo mi historia.
Pero esto es como cuando en el juego del SuperMario querías volver atrás y no podías.
Solo que sin poder reiniciar la partida
No quiero vivir en el mundo que se está construyendo, el que veo todos los días que se forma a mi alrededor, pero sin embargo no puedo salirme de él.
Si algo he aprendido de mis constructivas clases de lengua es que no podemos vivir completamente incómodos, haciendo cosas que no queremos. No podemos vivir en contra de nosotros mismos porque sino, acabaremos locos, viviendo una vida que nos viene dada desde fuera y que no es la nuestra.
Y sinceramente, visto como está el patio y la velocidad, no estamos precisamente para desperdiciar días engañándonos a nosotros mismos.
Yo ya me he negado a este mundo, a esta sociedad muerta con cada vez menos sentimientos, con ese afán de aparentar que te hace sentir mal si no cumples la norma, ser parte de ese todo, en un absurdo intento de destacar de la misma forma que todos quieren destacar haciéndote, de nuevo, parte del montón.
Puede que no pueda cambiar la sociedad, el mundo, el concepto de amor, la tecnología que nos vuelve idiotas a cada minuto y los desastres y maldad que cada vez están mas presentes, pero puedo cambiar mi vida, puedo elegir qué hacer con ella, como pestañear y que vuelvan a pasar otros tres años
Y quién sabe, lo mismo algún día supero esta sensación de agobio con el tiempo, ese boggart con forma de reloj de arena. Lo mismo algún día soy capaz de asumir que me muero a cada instante, que esto ya no se volverá a repetir. Que somos flor de un día y esa es la gracia de vivir.
Que la vida es efímera para no ser nosotros mismos
Y no debemos olvidar como llegamos aquí
Y si esta tarde estoy aquí es porque me ha vuelto a pasar.
Esa fuerza que te hace escribir, que te obliga a decir lo que sientes y que cuesta tanto callar como un grito en mitad de una noche de pesadillas.
Aunque por suerte hace mucho tiempo que en mi vida no hay pesadillas.
De hecho mi vida ya no es como la de la última entrada, ni como la de ayer
de eso vengo a hablar.
Aún a riesgo de ser odiada e incomprendida por la gente mayor que yo es cierto que no llevo bien lo de cumplir 20 años, incluso aunque la gente se lo tome a broma he sufrido la crisis de los veinte.
Durante las semanas, incluso meses antes de mi cumpleaños me pasaba horas enteras pensando en todo lo que había hecho, lo que no había hecho y ya no podía hacer (entendedme, no es que me vaya a morir por cumplir los veinte, pero hay cosas que no se viven igual con una edad con otra y nadie me lo puede negar) y también he pensado mucho en todas las cosas que hice y que ya no podré repetir.
Y me asfixia el pasado.
Y eso que puedo decir muy muy orgullosa que me siento en absoluta paz con él, con todas las personas que han pasado y sobre todo, y tras mucho, mucho luchar, me siento en paz con mi yo del pasado, mi yo en todos los planos que hay (incluso aunque aún queden batallas pendientes que a veces salen a relucir)
Pero no he superado los veinte.
Tener veinte es genial, incluso aunque aparentemente tu vida no haya cambiado. No sé si será que yo los utilicé como frontera para tomarme la vida de otra forma o que una magia desconocida hizo que con mi dos en las decenas me cambiara la forma de verlo todo.
Pero sigo sin superar el pasado.
Sigo constantemente con ganas de frenar el mundo, ese que va tan rápido ¡Por Dios si me queda un mes de clase y fue ayer cuando estaba nerviosa por empezar Bachiller!
¿En qué momento pasaron estos últimos tres años?
Y miro atrás con pena porque de verdad siento pena por este mundo, y puede que suene egoísta pero de realmente me da tristeza pensar que los niños de ahora no vivirán lo mismo que nosotros, de ver que no salen a la calle, que con 9 años (ojo, que esto lo he visto yo) ya tienen móviles y usan redes sociales donde suben fotos que aparentan más años que yo (por suerte o por desgracia hay quien me sigue echando 16 o 17 años)
Y me matan los nuevos cambios, las nuevas tecnologías, el afán de más y más. La corrupción, los desastres, el hambre, las injusticias y este mundo que parece que se cae a pedazos.
Y repito que ahora soy más feliz que nunca, eso sí, en un mundo que pienso que está en decadencia.
Porque se han perdido los valores, la educación, el respeto por los demás y por lo que te rodea.
Por la falta de diversión en los niños, por la competitividad latente antes de que sepas pronunciar la primera palabra.
Por los amores en red, porque ya no hay gestos espontáneos.
Porque el mundo se marchita y me parece increíble que la gente no lo vea. Aunque claro, qué vas a ver si solo miras la pantalla del móvil.
Que los paisajes siguen siendo hermosos, que sigue habiendo gente buena y que internet te permite ver unos videos de gatitos preciosos con los que se te puede caer la baba durante horas.
Pero eso no me vale.
Y no puedo cambiarlo, porque no puedo ir contracorriente, aunque seguiré haciéndolo.
Puedo decir que estoy en contra de las consolas y que mis hijos no tocarán ninguna hasta una edad decente, pero sé que eso los aislaría de la sociedad.
Puedo negarme a las redes sociales, puedo quitarme WhatsApp y lanzar mi móvil a la basura, pero entonces estaré incomunicada del nuevo mundo.
Puedo buscarme un novio al que no querer por iconos pero lo más probable es que me deje por pasar de él y no contestar sus mensajes de buenos días con mil caritas y corazoncitos de colores.
Puedo no ver las noticias pero el horror seguirá ahí.
Mirar hacia otro lado tampoco cambiará las cosas.
Y no he superado el hecho de que el pasado no volverá, de que nadie vivirá lo mismo que yo.
De que yo tampoco volveré a vivirlo.
Y me desgarra, tanto que miro incrédula a mi alrededor preguntándome si soy la única que lleva a la melancolía de compañera de viaje.
Porque no se puede leer un libro dos veces y esperar que sea como la primera vez.
Y estoy cansada de que la gente te diga, ¡encima con una sonrisilla! que los años que vienen pasarán más rápidos, que disfrute la universidad que son los mejores años, que esto es lo mejor.
Incluso aunque me encuentre con los defensores de que los treinta es la mejor época, de que toda tu vida merece la pena blablabla
El nudo en el estómago cada vez que recuerdo algo de mi pasado me recuerda que la vida es esto, que es natural, que tengo que asumir, digerir y seguir escribiendo mi historia.
Pero esto es como cuando en el juego del SuperMario querías volver atrás y no podías.
Solo que sin poder reiniciar la partida
No quiero vivir en el mundo que se está construyendo, el que veo todos los días que se forma a mi alrededor, pero sin embargo no puedo salirme de él.
Si algo he aprendido de mis constructivas clases de lengua es que no podemos vivir completamente incómodos, haciendo cosas que no queremos. No podemos vivir en contra de nosotros mismos porque sino, acabaremos locos, viviendo una vida que nos viene dada desde fuera y que no es la nuestra.
Y sinceramente, visto como está el patio y la velocidad, no estamos precisamente para desperdiciar días engañándonos a nosotros mismos.
Yo ya me he negado a este mundo, a esta sociedad muerta con cada vez menos sentimientos, con ese afán de aparentar que te hace sentir mal si no cumples la norma, ser parte de ese todo, en un absurdo intento de destacar de la misma forma que todos quieren destacar haciéndote, de nuevo, parte del montón.
Puede que no pueda cambiar la sociedad, el mundo, el concepto de amor, la tecnología que nos vuelve idiotas a cada minuto y los desastres y maldad que cada vez están mas presentes, pero puedo cambiar mi vida, puedo elegir qué hacer con ella, como pestañear y que vuelvan a pasar otros tres años
Y quién sabe, lo mismo algún día supero esta sensación de agobio con el tiempo, ese boggart con forma de reloj de arena. Lo mismo algún día soy capaz de asumir que me muero a cada instante, que esto ya no se volverá a repetir. Que somos flor de un día y esa es la gracia de vivir.
Que la vida es efímera para no ser nosotros mismos
Y no debemos olvidar como llegamos aquí
sábado, 14 de febrero de 2015
Fue solo un segundo, luego desapareció.
Agridulce
Tenía una personalidad eléctrica, capaz de iluminarlo todo incluso cuando te encontrabas en la más profunda oscuridad.
Era capaz de paralizarte con una sola palabra
y a la vez darte la vida con un silencio.
Podía hacer vibrar todas tus terminaciones con un simple gesto, y con sus labios fundir todas las luces de la calle.
Había quien decía que iba siempre acompañada del viento y que sus enfados nada envidiaban a las tormentas.
Ella era todo un huracán de sentimientos encontrados, recuerdos pasados y premisas futuras.
Incluso algunas hipótesis afirmaban que los que la conocían no eran capaz de verla,
otros que incluso ni existía.
También los hay que la comparan con el café, intensa, pura, amarga y a la vez tan dulce...
Capaz de quitar el sueño si se lo propone.
Era los extremos opuestos.
Era un rayo que caía y luego desaparecía.
Y si la buscabas posiblemente nunca te toparías con ella.
Era el frío y el calor en una misma carne.
Energía en estado puro.
Tan etérea que no se podía tocar.
Capaz de darlo todo y a la vez no ofrecerte nada.
La suerte después de una mala racha
el dolor del esfuerzo
Era exactamente ese punto de seguridad que solo se tiene cuando te atreves a introducirte de lleno en el caos de un corazón herido.
Tenía una personalidad eléctrica, capaz de iluminarlo todo incluso cuando te encontrabas en la más profunda oscuridad.
Era capaz de paralizarte con una sola palabra
y a la vez darte la vida con un silencio.
Podía hacer vibrar todas tus terminaciones con un simple gesto, y con sus labios fundir todas las luces de la calle.
Había quien decía que iba siempre acompañada del viento y que sus enfados nada envidiaban a las tormentas.
Ella era todo un huracán de sentimientos encontrados, recuerdos pasados y premisas futuras.
Incluso algunas hipótesis afirmaban que los que la conocían no eran capaz de verla,
otros que incluso ni existía.
También los hay que la comparan con el café, intensa, pura, amarga y a la vez tan dulce...
Capaz de quitar el sueño si se lo propone.
Era los extremos opuestos.
Era un rayo que caía y luego desaparecía.
Y si la buscabas posiblemente nunca te toparías con ella.
Era el frío y el calor en una misma carne.
Energía en estado puro.
Tan etérea que no se podía tocar.
Capaz de darlo todo y a la vez no ofrecerte nada.
La suerte después de una mala racha
el dolor del esfuerzo
Era exactamente ese punto de seguridad que solo se tiene cuando te atreves a introducirte de lleno en el caos de un corazón herido.
lunes, 2 de febrero de 2015
Te lo dije y me escuchaste.
Quizá tenga que asumir que hay cosas que no son para mi.
A lo mejor tengo que dejar de intentar sentir lo que otros sienten, ver lo que otros ver y jugar a lo que otros juegan.
No hablo de seguir a la gente, de querer ser uno más, ni siquiera hablo de intentar encajar.
Me refiero a esas cosas que todos saben y yo no, a esos secretos que eres el último en escuchar y esas canciones que todos tararean cuando tu ni has podido terminar.
No hablo de los tacones
que todas dominan como si fueran una parte de su ser.
No me refiero a los gustos que nunca entenderé, como el del yogur helado, demasiado agrio para mi gusto,
demasiado frío e insustancial para endulzarme los problemas.
Ni si quiera yo sé de qué hablo
o bueno, si lo sé, pero ni yo me entiendo en estas noches que solo quieres vomitar lo que te atormenta y sin embargo no eres capaz de soltar palabra.
En esos momentos en los que lo que quieres no lo tienes y sientes que es la mayor injusticia a la que te vas a encontrar.
Y es que esto te pasa por jugar a juegos de mayores, por querer quitarle los ruedines a la bici sabiendo que tu estabilidad era tan pobre como tus ganas de fingir que no te importa la vida.
Y el libro se acaba, y las clases vuelven y ya noto al siguiente que va a venir a dar toques en la puerta de mi cabeza, sabiendo que no le hace falta entrar porque está dentro.
¿Por qué no puede ser como todo el mundo?
¿Por qué siempre tengo que ser jodidamente sentimental cuando todos me ponen de fría y borde?
¿Por qué mi maravilloso cerebro que solo sirve para estudiar no es capaz de gritarme más fuerte que pare?
Porque todos sabiamos que esto iba a pasar.
Porque no se puede cambiar la esencia
Que yo no soy de las que acarician y esconden la mano, ni siquiera de las que tiran piedras.
Pero me resignaré a dejarlo pasar como todas las cosas que ya pasaron, llenando entradas de este estúpido blog
Dejando pasar los días teniendo claro que la soledad es mía.
Porque ser única es una mierda
si tienes que dejarte la voz ante paredes que no escuchan y que no te entienden,
Así que me resigno,
No quiero este mundo de mayores
Solo quiero que febrero se vaya, con sus estúpidas casualidades, con sus aparentes buenos principios y con sus ganas de recordarme que hay algo que sigue roto
A lo mejor tengo que dejar de intentar sentir lo que otros sienten, ver lo que otros ver y jugar a lo que otros juegan.
No hablo de seguir a la gente, de querer ser uno más, ni siquiera hablo de intentar encajar.
Me refiero a esas cosas que todos saben y yo no, a esos secretos que eres el último en escuchar y esas canciones que todos tararean cuando tu ni has podido terminar.
No hablo de los tacones
que todas dominan como si fueran una parte de su ser.
No me refiero a los gustos que nunca entenderé, como el del yogur helado, demasiado agrio para mi gusto,
demasiado frío e insustancial para endulzarme los problemas.
Ni si quiera yo sé de qué hablo
o bueno, si lo sé, pero ni yo me entiendo en estas noches que solo quieres vomitar lo que te atormenta y sin embargo no eres capaz de soltar palabra.
En esos momentos en los que lo que quieres no lo tienes y sientes que es la mayor injusticia a la que te vas a encontrar.
Y es que esto te pasa por jugar a juegos de mayores, por querer quitarle los ruedines a la bici sabiendo que tu estabilidad era tan pobre como tus ganas de fingir que no te importa la vida.
Y el libro se acaba, y las clases vuelven y ya noto al siguiente que va a venir a dar toques en la puerta de mi cabeza, sabiendo que no le hace falta entrar porque está dentro.
¿Por qué no puede ser como todo el mundo?
¿Por qué siempre tengo que ser jodidamente sentimental cuando todos me ponen de fría y borde?
¿Por qué mi maravilloso cerebro que solo sirve para estudiar no es capaz de gritarme más fuerte que pare?
Porque todos sabiamos que esto iba a pasar.
Porque no se puede cambiar la esencia
Que yo no soy de las que acarician y esconden la mano, ni siquiera de las que tiran piedras.
Pero me resignaré a dejarlo pasar como todas las cosas que ya pasaron, llenando entradas de este estúpido blog
Dejando pasar los días teniendo claro que la soledad es mía.
Porque ser única es una mierda
si tienes que dejarte la voz ante paredes que no escuchan y que no te entienden,
Así que me resigno,
No quiero este mundo de mayores
Solo quiero que febrero se vaya, con sus estúpidas casualidades, con sus aparentes buenos principios y con sus ganas de recordarme que hay algo que sigue roto
sábado, 31 de enero de 2015
Con un boli de cuatro colores
De repente aparecen.
Todas esas oportunidades que siempre pensaste que ya habían pasado, todas esas buenas personas que parecían estar escondidas mientras te rodeabas de otros que no valían ni para una cerveza un viernes por la noche.
Otras sonrisas dispuestas a recordarte que no todo es sexo, dinero o fiesta. Que el dinero no da la felicidad y que hasta el más tonto sabe disfrutar de un día de sol.
Vuelven las ganas de empezar de cero, de dar otra oportunidad a los que agotaron todos los Game Over, de probar cosas nuevas, de lanzarse a la piscina en pleno febrero, sin mirar y con la sudadera de "los domingos valen más si son contigo"
Hoy es día de llorar por que lo bueno se acaba, de que lo mejor empieza y de que es realmente curioso la forma en la que te cruzas con la gente en tu camino.
Y qué se yo,
Si ni si quiera consigo explicar lo que siento.
Todas esas oportunidades que siempre pensaste que ya habían pasado, todas esas buenas personas que parecían estar escondidas mientras te rodeabas de otros que no valían ni para una cerveza un viernes por la noche.
Otras sonrisas dispuestas a recordarte que no todo es sexo, dinero o fiesta. Que el dinero no da la felicidad y que hasta el más tonto sabe disfrutar de un día de sol.
Vuelven las ganas de empezar de cero, de dar otra oportunidad a los que agotaron todos los Game Over, de probar cosas nuevas, de lanzarse a la piscina en pleno febrero, sin mirar y con la sudadera de "los domingos valen más si son contigo"
Hoy es día de llorar por que lo bueno se acaba, de que lo mejor empieza y de que es realmente curioso la forma en la que te cruzas con la gente en tu camino.
Y qué se yo,
Si ni si quiera consigo explicar lo que siento.
jueves, 18 de diciembre de 2014
Poco hace falta para sonreir
A veces pesa el billete en el bolsillo
Desde bien pequeños escuchamos eso de que el dinero no da la felicidad.
Escuchamos esas palabras mientras nos bombardean con publicidad de productos que realmente no nos hacen falta
Nos crean absurdas necesidades, esa corriente de renovación en la que estamos ahora por la que no puedes tener un móvil más de un año, por la que cada navidad tienes que comprarle a tu hijo una consola nueva o por la que no te puedes poner la ropa de hace 5 años porque está pasada de moda.
¿Sabéis qué es lo que se ha pasado de moda?
Se ha pasado de moda el sentarte en un banco a comer pipas con tus amigos sin nada más que ellos.
Se ha pasado de moda el pasar horas y horas jugando a las cartas, sin necesidad de comprar unas nuevas a no ser que estén destrozadas o tengas la baraja incompleta (incluso más de uno ha dibujado la carta que faltaba en un folio, puteando al que le tocaba ya que todos sabían que tenía el tres de oros, o mejor el rey de bastos)
Se ha pasado de moda que lo bonito de la navidad sea la ilusión de los niños, el pasear por las calles con luces o ir a la cabalgata.
Yo me acuerdo de cuando eso era lo bonito.
Y luego está esa palabra que no deja de salir en todos lados, que escuchamos en la radio, en el taxi o en la carnicería.
Crisis.
En crisis no estamos porque no haya dinero, en crisis estamos porque hay gente que es capaz de acostarse a dormir sabiendo que ha robado dinero cuando hay gente en la calle que no tiene un misero techo bajo el que resguardarse.
Crisis es que pasemos por al lado de una persona que pide en la calle y apartemos la mirada.
Yo no creo que estemos en una crisis económica,
Yo creo que estamos en una crisis de humildad, de humanidad,
estamos en crisis de valores.
Y ahora que "gano" mi propio dinero, entendiendo por ganar el que haga algo para conseguirlo y no que me lo den mis padres.
Ahora me doy cuenta de que es cierto de que la felicidad no se mide en dinero.
Por fin he sido consciente de que vale más dormir la siesta un frío día de invierno, o quedar con tu amiga sin tener que estar pendiente del reloj porque no te da tiempo a "hacer tu trabajo" que todo el dinero que te puedan pagar por ello
Porque lo bueno de la vida no es comprarse un vestido nuevo cada nochevieja, sino salir con tus amigos a empezar el año con la gente que te importa.
Que un móvil nuevo está bien, pero cenar con tus amigas, olvidándote del WhatsApp, de los exámenes y del madrugón del día siguiente.
Eso es lo que no se compra con dinero.
Porque al fin y al cabo lo único que vale más que los billetes es el tiempo.
Que es lo único que ni se compra, ni se vende.
Y es lo único que todos tenemos, lo que nos hace iguales, lo que elimina las diferencias.
De manera que, yo no sé vosotros, pero yo voy a dejar de permitir que un trozo de papel me deshumanice, me convierta en lo que no soy y me robe lo único que nos queda.
El tiempo.
Así que deja de leer esto, llama a tus amigos e invitales a un café, a una cerveza, o a un chocolate con churros.
Cuando pases por al lado de alguien que necesita ayuda no te apartes, y si no puedes hacer nada por él, regalale una sonrisa.
Que en verdad, esa es la única felicidad que se compra con dinero.
Desde bien pequeños escuchamos eso de que el dinero no da la felicidad.
Escuchamos esas palabras mientras nos bombardean con publicidad de productos que realmente no nos hacen falta
Nos crean absurdas necesidades, esa corriente de renovación en la que estamos ahora por la que no puedes tener un móvil más de un año, por la que cada navidad tienes que comprarle a tu hijo una consola nueva o por la que no te puedes poner la ropa de hace 5 años porque está pasada de moda.
¿Sabéis qué es lo que se ha pasado de moda?
Se ha pasado de moda el sentarte en un banco a comer pipas con tus amigos sin nada más que ellos.
Se ha pasado de moda el pasar horas y horas jugando a las cartas, sin necesidad de comprar unas nuevas a no ser que estén destrozadas o tengas la baraja incompleta (incluso más de uno ha dibujado la carta que faltaba en un folio, puteando al que le tocaba ya que todos sabían que tenía el tres de oros, o mejor el rey de bastos)
Se ha pasado de moda que lo bonito de la navidad sea la ilusión de los niños, el pasear por las calles con luces o ir a la cabalgata.
Yo me acuerdo de cuando eso era lo bonito.
Y luego está esa palabra que no deja de salir en todos lados, que escuchamos en la radio, en el taxi o en la carnicería.
Crisis.
En crisis no estamos porque no haya dinero, en crisis estamos porque hay gente que es capaz de acostarse a dormir sabiendo que ha robado dinero cuando hay gente en la calle que no tiene un misero techo bajo el que resguardarse.
Crisis es que pasemos por al lado de una persona que pide en la calle y apartemos la mirada.
Yo no creo que estemos en una crisis económica,
Yo creo que estamos en una crisis de humildad, de humanidad,
estamos en crisis de valores.
Y ahora que "gano" mi propio dinero, entendiendo por ganar el que haga algo para conseguirlo y no que me lo den mis padres.
Ahora me doy cuenta de que es cierto de que la felicidad no se mide en dinero.
Por fin he sido consciente de que vale más dormir la siesta un frío día de invierno, o quedar con tu amiga sin tener que estar pendiente del reloj porque no te da tiempo a "hacer tu trabajo" que todo el dinero que te puedan pagar por ello
Porque lo bueno de la vida no es comprarse un vestido nuevo cada nochevieja, sino salir con tus amigos a empezar el año con la gente que te importa.
Que un móvil nuevo está bien, pero cenar con tus amigas, olvidándote del WhatsApp, de los exámenes y del madrugón del día siguiente.
Eso es lo que no se compra con dinero.
Porque al fin y al cabo lo único que vale más que los billetes es el tiempo.
Que es lo único que ni se compra, ni se vende.
Y es lo único que todos tenemos, lo que nos hace iguales, lo que elimina las diferencias.
De manera que, yo no sé vosotros, pero yo voy a dejar de permitir que un trozo de papel me deshumanice, me convierta en lo que no soy y me robe lo único que nos queda.
El tiempo.
Así que deja de leer esto, llama a tus amigos e invitales a un café, a una cerveza, o a un chocolate con churros.
Cuando pases por al lado de alguien que necesita ayuda no te apartes, y si no puedes hacer nada por él, regalale una sonrisa.
Que en verdad, esa es la única felicidad que se compra con dinero.
domingo, 7 de diciembre de 2014
Tú la llevas
Blancas mueven primero, y después sigue el juego
Vamos a jugar a un juego en el que yo me escondo y tu no me buscas.
En el que ya no duelen las ausencias y puedes darle al START para parar la partida.
Y haremos como que no nos damos cuenta que nos queremos con la mirada porque a lo mejor no nos atrevemos a buscarnos con las manos.
Pasearemos bajo las luces de navidad, cada uno en una ciudad, y tan cerca que ya no tendré las manos frías.
Porque solo las estrellas, reflejadas en cada esquina sabrán lo que nunca dije.
Lo que ya nunca diré.
El uno de enero está cerca, con todos los malos recuerdos, los buenos propósitos y esas mentiras que cada año, ingenuos, nos decimos a nosotros mismos mientras intentamos no ahogarnos con las campanadas.
Y habrá besos y sonrisas.
Sé que ninguno como los que no me diste
Que la vida es para el que se atreve a intentarlo,
para el que arriesga su última vida para conseguir lo que después de días jugando no ha conseguido.
Somos tan inútiles, que idiotas, gastamos todas las oportunidades, esperando,
que esta vez algo sea diferente y salga bien.
Yo no lo llamo ser idiotas,
tal vez locos, inocentes
o simplemente luchadores
¿Quién sabe donde se encuentra el próximo corazón?¿La siguiente estrella o la siguiente manzana?
Nadie me asegura que esta sea la batalla final.
Nunca sabes cuando derrotarás al malo.
Y yo propongo terminar todos esos juegos que empezamos.
Todas esas primeras sonrisas que ni acordamos.
Esos roces aparentemente despreocupados.
Esos bailes que escondían deseo de verdad.
Las miradas que podían acabar con el dolor.
Animo a todo el que se atreva a llegar a estas líneas a que diga lo que siente, a que se aleje de quien no le hace feliz, se atreva a acercarse a quién produce calor en su pecho y a no separarse de los que están contigo, incluso cuando les jodes la partida porque no sabes jugar.
Y como anoche me recordó un amigo:
"Como diría Robin Williams en El Indomable Will Hunting, tú mueves ficha chaval"
Vamos a jugar a un juego en el que yo me escondo y tu no me buscas.
En el que ya no duelen las ausencias y puedes darle al START para parar la partida.
Y haremos como que no nos damos cuenta que nos queremos con la mirada porque a lo mejor no nos atrevemos a buscarnos con las manos.
Pasearemos bajo las luces de navidad, cada uno en una ciudad, y tan cerca que ya no tendré las manos frías.
Porque solo las estrellas, reflejadas en cada esquina sabrán lo que nunca dije.
Lo que ya nunca diré.
El uno de enero está cerca, con todos los malos recuerdos, los buenos propósitos y esas mentiras que cada año, ingenuos, nos decimos a nosotros mismos mientras intentamos no ahogarnos con las campanadas.
Y habrá besos y sonrisas.
Sé que ninguno como los que no me diste
Que la vida es para el que se atreve a intentarlo,
para el que arriesga su última vida para conseguir lo que después de días jugando no ha conseguido.
Somos tan inútiles, que idiotas, gastamos todas las oportunidades, esperando,
que esta vez algo sea diferente y salga bien.
Yo no lo llamo ser idiotas,
tal vez locos, inocentes
o simplemente luchadores
¿Quién sabe donde se encuentra el próximo corazón?¿La siguiente estrella o la siguiente manzana?
Nadie me asegura que esta sea la batalla final.
Nunca sabes cuando derrotarás al malo.
Y yo propongo terminar todos esos juegos que empezamos.
Todas esas primeras sonrisas que ni acordamos.
Esos roces aparentemente despreocupados.
Esos bailes que escondían deseo de verdad.
Las miradas que podían acabar con el dolor.
Animo a todo el que se atreva a llegar a estas líneas a que diga lo que siente, a que se aleje de quien no le hace feliz, se atreva a acercarse a quién produce calor en su pecho y a no separarse de los que están contigo, incluso cuando les jodes la partida porque no sabes jugar.
Y como anoche me recordó un amigo:
"Como diría Robin Williams en El Indomable Will Hunting, tú mueves ficha chaval"
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